
Ella reía, y bebía vino blanco... está a salvo de sí misma.
Reía, bebía, escuchaba, y reía.
Y observaba...
Y se deleitaba con los ojos de todos,
todos eran faros luminosos,
y todo era gracioso.
Gracioso escuchar las risas, los comentarios
las palabras sucias, los insultos, las proposiciones,
las miradas calientes, las ganas de otros,
babosos, todos babosos...
Y a ratos sentía pudor, pero luego alejaba de sí el sentimiento de vergüenza.
Todo era tan familiar, tan conocido, tan sucio, tan libidinoso, tan asqueroso.
Sintió náuseas.
¿Era el vino? sí era el vino, pero también el asco de la conversación.
Quiso llorar, pero río una vez más, estaba ebria.
Siempre ebria para soportar la situación, el manoseo silencioso,
las palabras calientes, morbosas acerca de su cuerpo...
recordó su doble vida.
Quién lo diría, en su trabajo nadie lo creería..
Miraba a su alrededor, cerca de ella, su amor,
conociendo esta parte de su vida,
Nuevamente la vergüenza. Vergüenza ajena. Vergüenza propia.
Frente a su amado, y ebria, y riendo y escuchando las palabras de otras bocas,
los ojos desorbitados, las lenguas mordaces, hirientes de mentes enfermas,
de mentes degeneradas, de mentes promiscuas...
Y su amado como espectador del espectáculo más patético y sórdido.
Las náuseas. Malditas náuseas.
La música suena de fondo, siguen las risas y la conversación.
Mirando y bebiendo se pregunta cómo no ha ido a parar a un manicomio...
Cómo hace para mantenerse cuerda...
ah! claro, el vino. El vino la salva y empina su copa ¡Salud!.
Ahora son más los ojos que la miran. Todo se ve doble. Todo es borroso.
Mejor así. Mañana sólo recordará algunas cosas... no todas.
3 de la tarde del día siguiente.
Náuseas por la borrachera, un dolor de cabeza de antología,
una imagen de sí deteriorada, una vergüenza insoportable.
Temor del espanto de su amado.
Entonces...
entonces se agrede,
se insulta,
se araña,
se desprecia,
se corta,
se culpa,
se pega,
se auto destruye,
se niega a sí misma,
y llora y grita,
luego el silencio, luego la nada, luego rearmarse, luego sacarse la culpa lentamente,
a goteras, luego volver a amarse, luego mirar de frente sin tener que avergonzarse...
días, meses, mañana tras mañana,
el intento de cada nuevo día, por mantener la calma y la cordura...
no enloquecer, no enloquecer, no enloquecer como un mantra.
Una vez repuesta, con el alma reparada, el corazón en paz,
con el amor tocando su puerta,
ya está lista para un nuevo episodio,
y todo vuelve a comenzar...
La historia de terror que no termina.
El día de la marmota.